Años pasaron ya de aquel recuerdo,
imborrable para quienes lo han vivido,
aunque nunca hallan sido perseguidos,
Inexistente para los que después nacieron.
Memoria activa, para los que murieron;
Memoria firme, para que otros ya no mueran.
Treinta mil que ya no están con nosotros,
Menos setenta y siete aparecidos.
Memoria para “La noche de los lápices”,
Aunque en democracia hallamos nacido,
Tantos hechos que hoy se olvidan solos.
Por los que lucharon y perecieron;
Rodolfo Walsh con su carta, con su prensa,
El Padre Mujica, paseando por las villas,
Azucena Villaflor, por ser madre, su vida.
El militante desconocido de ayer,
Militante de la vida y de la paz.
El E.R.P., los Montoneros, la guerrilla.
Los que hoy cuentan su lamentable historia,
Pero que casi no la cuentan, solo por pensar.
Los que al Falcon verde los subieron,
Y nunca más, en el mundo aparecieron,
Los que en el Río de la Plata cayeron,
Sacrificados por su pelo largo y suelto,
Los que de su patria, y por su vida huyeron,
Y los que en el intento sucumbieron.
Los artistas que estuvieron censurados,
Y quienes al país la entrada le han prohibido,
Los que a irse de Argentina se negaron,
Y a su patria y a su tierra se aferraron.
Los que su vida, por su pueblo dieron,
Los pobres chicos de nuestras islas Malvinas,
Los que volvieron y los que en Darwin se quedaron
Los que sufrieron y aquí todo lo perdieron,
Y hoy, setenta y siete hijos revelados,
Que se descubrieron nacidos en un CCD.
Personas sin familia real, solo aparente,
Criados por quienes torturaron a sus padres,
Y otros tantos que vivieron perseguidos.
Y hoy, después de veintitrés años de libertad,
Derogados los indultos y el punto final,
Pero con los genocidas en sus casas, sin control.
Hay que seguir peleándola, todavía, a la vida.
Pero después de treinta años y por ellos,
Hoy y siempre tenemos que decir:
¡NUNCA MÁS!
Buenos Aires,
bella ciudad de parques y edificios,
grandes casas y villas,
el contraste que no notan los turistas.
Aquí es donde vivo,
viendo aquella diversidad,
nos solo yo lo noto,
también ese millón de personas
que a diario visitan las calles
salen de sus casas, temprano;
vuelven a ellas al anochecer.
¿Quién se pregunta que hacen en esas horas?
Acaso juegan, ríen, lloran, pasean;
tal vez algunos pocos sí,
pero los demás solo repiten hechos;
esa vida rutinaria que llevan.
¿Quién los entiende?
Levantarse temprano, un café y a la calle;
tomar el subte o colectivos,
trenes o automóviles;
¿cuál es la diferencia?
Todos los días la rutina del trabajo.
Todos los días la rutina del colegio.
¿Cuál es el sentido de la vida,
sí de todas formas moriremos?
¿Quién osará romper con la rutina,
para sentirse al fin libre?
Quién lo haga será un tiempo feliz,
pero vivirá menos tiempo;
pero si no lo hacemos:
¿Para qué vivimos?
¿Queremos ser felices o solo eficientes?
¿Cómo sería si todos quisiéramos ser felices?
¿Podríamos serlo de verdad,
o acaso sería solo una obra teatral?
Ya se que es solo una utopía,
nadie puede contestar todas las preguntas,
pero muchos se las habrán hecho;
lo habrán pensado,
como yo, sin solución.
También podríamos preguntar:
¿Cómo sería un mundo feliz y eficiente?
Si alguien lo sabe, le suplico, no me diga,
¿Quién sabe qué podría pasar,
si el mundo fuera feliz?
Victor Federico (01/08//2006)